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El viejo taxi dio un par de tirones, como si tosiera. El taxista con la
tranquilidad y parsimonia del conocedor del problema, medio giró la cabeza hacia el
pasajero y a través del cigarro increíblemente irregular que le colgaba de la comisura
izquierda de la boca, dijo:
-Un momento que miro el gasógeno.
Se bajó del cuadrado coche, un Ford fabricado más o menos por 1930. Detrás, junto a la
pequeña ventanilla trasera, había un gran cilindro de hierro con una chimenea en la
parte superior, y una diminuta mirilla por la que se veían llamas. Aquel armatoste era
parecido a las estufas de hierro que usaban los ricos, o al, más familiar, fogón de las
castañeras.
El taxista sacó una espuerta que llevaba en el maletero y echó dentro del fogón tres o
cuatro paladas de cáscaras de almendras. Por la chimenea, un par de nubes de oscuro y
denso humo indicaron que el combustible se había mezclado con las brasas anteriores.
El taxista se dejó caer pesadamente en su asiento, mientras rezongaba:
-¡Estoy má jarto de que no haya gasolina!
España no sólo se había empobrecido recientemente con una Guerra Civil, sino que
además había enviado sus "voluntarios (?)" a luchar con la División Azul en
los frentes de Rusia. Y esto último tenía que pagarlo el pueblo español. Como al perro
flaco todo son pulgas, el boicot internacional también prohibió la exportación de
derivados del petróleo a España ¿o fue que no disponíamos de pesetas-oro para
adquirirlos?.
(Como la Historia es cíclica, el avisado lector podrá colegir los casos parecidos que se
siguen padeciendo en la actualidad).
Pero nuestros "ingenieros" (ingeniero viene de ingenio) lo habían resuelto
fabricando los gasógenos, con lo que convirtieron los automóviles en una especie de
pequeñas locomotoras que iban ahumando las calles, mientras esperaban la llegada de la
soñada gasolina.
Pero no hay mal que por bien no venga. Los chiquillos de la época descubrimos una nueva
travesura. Si se ponía un simple papel en la mirilla por la que se veía la candela, que
según parece era la entrada del aire que producía el tiraje, el coche se ahogaba y se
paraba. Esa situación apenas duraba un instante, el tiempo que tardaba el taxista en
nombrarle los muertos a los niños que corrían, porque el papel, al fallar la admisión
del aire y el vacío consiguiente, caía por sí solo al suelo.
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Pero pronto otra novedad, relacionada con la circulación, vendría a cambiar nuestras
ancestrales costumbres. El guardia de la porra, como se llamaba el policía urbano de la
época, comenzaba a tener dificultades para regular el tráfico desde una especie de
púlpito redondo con barandillas, que le habían plantado en mitad de la calle.
En los lugares más céntricos de las ciudades, el paso, cada vez más frecuente, de
coches de caballo, de carros, y de autos, se veía entorpecido por unos transeúntes que
se sentían dueños y señores de las calles adoquinadas.
Entonces se aplicó en Andalucía el gran invento ya experimentado en el extranjero: el
paso de peatones. En Sevilla, fue en la Plaza de la Campana, donde nace la calle Sierpes,
el lugar donde se montó el gran espectáculo. Colocaron dos hileras de una especie de
grandes tachuelas en el
suelo, algo mayores que una torta de aceite, separadas entre si por unos 60 u 80 cm. La
gente tenía, obligatoriamente, que pasar por "los clavos", que fue el nombre
con el que popularmente se les bautizó. ¡La anarquía se había acabado! Ya no podía ir
uno por donde quisiera.
Como el pueblo se resistía a
obedecer, los gobernantes municipales recurrieron a un medio coercitivo que es infalible,
penalizar los bolsillos. Dicho de otra manera, comenzaron a aplicar multas a los peatones.
El edicto decía que el que no pasara por los "clavos" sería multado con una
peseta. Y una peseta, en aquella época de penuria, no era moco de pavo. (Los chiquillos
más afortunados recibíamos los domingos una "perra gorda", que era una moneda
de 10 céntimos de peseta, mientras que otros tenían que conformarse con una "perra
chica", 5 céntimos, la de menos valor de entre las circulantes. El "real",
de níquel y con un agujerito en medio como las monedas de 25 ptas. valía 25 ctms. y
quedaba reservado para las grandes ocasiones).
Los chistes sobre estos pasos peatonales y las multas, no tardaron en aparecer. Uno de los
que ha permanecido en un rincón de mi memoria, era el que contaban de una vistosa y
maciza forastera, que por hacer caso omiso de los clavos, el "guindilla" le
había exigido que tenía que pagar "una peseta por cateta". La pobre mujer,
toda ruborosa, pagó dos por haber entendido una peseta "por cá a teta".
¡Es que en esa época hasta los chistes picantes eran inocentes!
Eran otros tiempos y otras costumbres, que están apenas a la vuelta de la esquina. Total
"ná", un poco menos de sesenta años y a algunos puede sonarles a prehistoria o
a batallitas del abuelo.
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