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El joven galés, delgado como un mimbre y de cabello rubio ondulado, miró hacia los majestuosos picos de Sierra Nevada que se divisaban desde aquel balcón de su casa cargado de floridos geranios. Hacía poco que se había instalado en aquella casa de la Plaza de San Nicolás, en la parte alta de Granada, junto a restos arquitectónicos de la vieja cultura musulmana del Al-Andalus. Mientras en Europa resonaban a diario los cañones de la Gran Guerra, esa a la que luego se le renombró y ascendió a Primera Guerra Mundial, y que redibujó fronteras y desgajó países, él, Jorge O. W. Apperley, que había nacido en el seno de una familia con tradición militar, estaba subyugado por la paz y felicidad que se respiraba entre aquella gente de sonrisa fácil.
Recordó su adolescencia, en el ámbito de una sociedad victoriana, severa y puritana. Recordó su juvenil afición a la lectura de temas mitológicos y la inevitable consecuencia de acabar pintando desnudos de diosas. Desnudos femeninos que a su familia le habían parecido obscenos y pecaminosos, y que le habían costado acabar internado en un estricto colegio inglés.
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A su primera exposición a los 20 años, en el Real Instituto de Londres, le siguen tiempo después exposiciones en el Salón de París y en la Bienal de Venecia. Aquella etapa de pintor de temas mitológicos (con clara influencia de Boticelli, según los críticos propensos a buscar parentescos y paternidades) es la que le proporcionó éxito. Podía presumir de que incluso los reyes de España visitaran en 1918 una exposición suya en el Palace de Madrid, y de que el Patrimonio Nacional adquiriera una de sus obras. |
vida de bohemia y libertad, radicalmente opuesta a la que le había tratado de imponer su familia. Según sus apuros económicos el gitano inglés vendía sus cuadros por cuatro “perras gordas”. No le importaba desprenderse de su obra si con ello podía seguir gozando de la vida y del entorno que él había elegido. A principio de los años 30, cuando Federico recreaba en sus versos una Andalucía onírica e inédita, Apperley pintaba un folclore comedido sin excesivos tópicos ni panderetas. De aquella época son “Mantón de Manila”, “Sangre torera”, “Cante jondo”, etc. en los que siempre estaba presente la mujer andaluza de negros ojos y melena como noche sin luna.
Durante la Guerra Civil española se trasladó a Tánger, donde la luz y el decorado moruno tenía un ligero parecido con la Granada que había abandonado. Allí alternó los temas mitológicos con los andaluces y se inició en los africanos.
En esta etapa, su maestría como pintor ya estaba bien reconocida y consolidada. |
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