| La inventiva y el ingenio son cualidades que han despertado
siempre la admiración del pueblo llano. Porque en el fondo
pensamos que esa sencilla idea, que ha enriquecido al que la
desarrolló, se nos podía haber ocurrido a nosotros.
Cuando de
pequeño compraba aquellos caramelos cónicos con un palito, a
los que llamábamos "pirulís", ni con mi más juvenil
y desbocada fantasía habría llegado a pensar que bastantes
años después un caramelo redondo y con palito (similar a
aquellos "pirulís" pero rebautizado con el nombre de
Chupa-Chups) podía ser chupeteado por los niños chinos,
moscovitas o americanos al mismo tiempo, gracias a un industrial
español. Aunque los que conocemos los entresijos de la
comercialización sabemos que la idea sencilla,
caramelo-y-palito al precio “redondo” de una peseta (en sus
inicios), ha sido arropada por una eficacísima organización de
marketing, que es la que tiene el verdadero mérito de haberle
elevado a la categoría de multinacional del caramelo.

Pero nuestro país, tierra de personas ingeniosas también ha
sido tierra de pícaros. El periodista Enrique Rubio, antiguo
colaborador de “El Caso”, una publicación que a base de
crímenes terroríficos llegó a ser el de mayor tirada de la
deprimida España de la posguerra, mantuvo hace años dos
espacios fijos en televisión dedicados a la inventiva y a la
creatividad.
No obstante, entre los muchos inventores, premiados
algunos con medallas de oro por la originalidad de sus
aportaciones, también mostraba, a veces, “inventores” de
una extraordinaria papanatería. Como aquel que afirmaba que los
vehículos podrían circular por carretera sin consumir
combustible, siempre que éstas tuvieran un ángulo de pendiente
suficiente. Es decir, bajarían por inercia cuesta abajo. Para
el regreso, él veía una solución bien simple, habría que
construir otras carreteras que tuvieran las pendientes en
sentido contrario.
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Pero mucho más interesante era el programa dedicado a los
timos. Aquellos timos increíbles con los que habían estafado a
las generaciones anteriores. Explicaba los casos con todo lujo
de detalles, para alertar a los incautos. Desde el que vendió
un tranvía en Madrid, a los timos de "la estampita", de “la
guitarra” o del “toco-mocho”.
En casi todos los casos la
ambición desmesurada de los timados, y la ilegalidad de su
comportamiento, impedían que progresaran las denuncias y el
castigo correspondiente hacia los timadores. Cada época tiene
su forma de estafar y de engañar. Ahora, amparándose en las
nuevas tecnologías: tarjetas de crédito, internet, etc. y,
antes, de una forma más sencilla y rural.
No voy a descubrir la sopa de ajos si digo que hace más de
mil años también se las ingeniaban para timar y estafar a la
gente, ya que esto tiene que suceder desde Adán y Eva. Y en
este caso tengo mis dudas si la timadora fue Eva o la serpiente
y la otra actuaba de “gancho”.
En el “Manual del
perfecto Salib al-Suq o Zabazogue”, a través de la
versión francesa de “L’Espagne musulmane au Xème sècle”
he encontrado un timo que se perpetraba en Al-Andalus, en el
mercado de esclavas, de hace más de mil años:
“Los mercaderes de esclavos, declaraba el muttasib de
Málaga, disponen de mujeres ingeniosas y dotadas de una gran
belleza que poseen a la perfección la lengua románica y que
saben vestirse como las cristianas. Cuando algún cliente que no
es de la ciudad les pide una esclava recién importada del país
cristiano, el mercader le promete que se la encontrará pronto y
le hace desear vivamente la realización de su deseo; pero le va
dando largas esperas de un día para otro, mientras entretiene
su esperanza.
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Al
final le presenta una, asegurándole que se halla extenuada del
viaje, ya que la acaban de traer del norte. Al mismo tiempo se
ha asegurado el concurso de su compadre, que pretende ser el
dueño de la esclava y a quien corresponde recibir el dinero.
Le
dicen que acaban de comprarla en la Frontera superior y que la
ha pagado muy cara, encantado, sin embargo, de poder traer una
esclava de importación reciente y de poder presentarla como una
cosa rara.
Una vez terminado el negocio, los dos compadres se
reparten el dinero con la “esclava”. Y ésta se va en
seguida con su comprador al lugar de su residencia.

Caso de estar satisfecha del trato que recibe, aprovecha la
situación para pedir que la liberte y se case con ella.
En caso
contrario, da a conocer su condición de mujer libre y lleva
ante el oficial de la policía judicial de la localidad donde se
encuentra sus documentos de istirá (es decir los documentos que
la habilitan para obtener la rescisión de un contrato) y los
demás que acreditan, sin ningún género de dudas, sus derechos
de mujer libre.
El comprador, con el contrato de compra y con el
acta que le obliga a concederle la libertad, vuelve entonces
para hacerse rembolsar, por el vendedor, la suma pagada por la
mujer.
Pero el mercader de esclavos declara ignorar dónde vive
el vendedor y dice sólo: “Era un hombre bien conocido como
comerciante e importador de esclavas cristianas y de otros
sitios.”
Y resultan vanos todos los esfuerzos del desgraciado,
que pierde su dinero.”
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